
Iceberg ahead!



This is a simulation. But it could very well be a real-life situation.
In this scenario, a company is about to make a crucial decision when a question arises: what if there's something they're overlooking?
We'll use this situation to explore something that happens constantly: the risks that can emerge when we act without considering other possibilities.
When a situation involves several people, each can contribute different experiences, information, and perspectives. And yet, they may all be convinced they're talking about the exact same thing.
The setting is a company. But the iceberg can appear anywhere.
And when it does, the obvious course of action seems to be: avoid the iceberg.
“
Richard Hale had founded the company almost thirty years ago.
Now they operated in six countries, had more than two thousand employees, and Elena Moretti was in charge of day-to-day operations. Richard still chaired the board and maintained a habit that was beginning to irritate some: just when everyone seemed to have a clear understanding of something, he would start asking questions.
That morning they were to approve the opening of their first subsidiary in Asia. They had been preparing for it for eighteen months.
Three consulting firms. Market research. A local partner. Financial projections. A one hundred and eighty-page expansion plan. Everything seemed to indicate they were ready.
Richard skimmed the report.
"I think we have an iceberg ahead of us."
One of the board members smiled.
"Richard, lately you've been seeing icebergs where there aren't any."
"Maybe."
"Do you want us to open the subsidiary?"
"Yes."
"Do you think we chose the wrong country?"
"No."
"The investment?"
"That's reasonable."
"So, what's the iceberg?"
Richard closed the report.
"I don't know."
Elena sighed.
"That makes things much easier."
-
Daniel Foster was looking for room 4B.
He'd been working in accounting for six months and was due to attend a meeting about a new expense procedure.
He opened a door.
"Excuse me, I think..."
"Come in," Elena said. "We were expecting you."
"Me?"
"Yes. Please, have a seat."
Daniel looked at the table, the screens, and the twelve people watching him. This didn't exactly look like an expense meeting. He tried to explain.
"Well, I..."
"We're starting late. We'll do the introductions later."
Daniel sat down.
For the next few minutes, he heard talk about market penetration, operating structure, return on investment, and model adaptation. He tried to follow the conversation.
"Our goal," the expansion director explained, "is to replicate the model that has allowed us to grow in Europe, adapting it to the specific characteristics of the new market."
Daniel timidly raised his hand.
"Excuse me... what model?"
Someone smiled.
"Our business model."
"Oh."
The meeting continued.
A few minutes later, he raised his hand again.
"And if it's different there, why do they want to do the same thing they do here?"
"We won't do exactly the same thing. We'll adapt it."
"Oh."
Daniel nodded. He seemed satisfied.
Richard was looking at him.
"Anything else?"
"No... Well..."
"Go ahead."
Daniel glanced at the enormous presentation projected on the wall.
"It's just that they seem very eager to go somewhere where they don't even know if they can navigate."
There were a few condescending smiles.
Daniel looked down.
"Sorry. I don't really understand this stuff."
Richard stopped smiling.
He looked at the screen. Then at the report.
"Iceberg ahead..." he muttered.
The finance director shook his head.
"There's the iceberg again."
Richard didn't reply.
"What would you do?" Elena asked Daniel.
Daniel's eyes widened.
"Me?"
"Yes."
"I have no idea."
"You must have some opinion."
"I work in accounting."
Silence.
Richard turned his head.
"What did you say?"
"Accounting."
Elena looked at him.
"Aren't you the consultant?"
"No."
"Then what are you doing here?"
Daniel pointed to the door.
"I've been trying to explain since I walked in."
Richard started laughing.
"And what meeting was I going to?"
"One about expenses. In 4B."
Elena looked at the room number.
"This is 48."
"Yes. I'm starting to suspect something."
Richard looked at the report again.
"One last question, Daniel."
"Yes?"
"After hearing all this, would you open the branch?"
Daniel shrugged.
"I don't know if I'd open it. I suppose I'd go there first."
"Dozens of people have gone."
"Right."
Daniel hesitated.
"But from what I understand, they went to find out how to open it."
He looked at the screen.
"Did anyone go to find out what would make sense to open?"
No one answered.
Daniel stood up.
"Well... I should go."
He reached the door and turned around.
"Although maybe it's not necessary anymore."
"What?" Elena asked.
"The expense meeting. After this, any expense we have seems pretty small to me."
Richard burst out laughing.
Daniel closed the door.
Silence returned to the room.
Elena looked at Richard.
"Don't tell me you're going to say that again."
Richard kept staring at the door.
He smiled.
"Iceberg ahead."
"
Los icebergs representan esas amenazas que, de pronto, aparecen delante.
¿Qué ha ocurrido? ¿Cómo nos afecta? ¿Podemos evitarlo?
Pero quizá haya una pregunta anterior:
¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
Una amenaza puede aparecer de forma inesperada, pero también puede llevar tiempo formándose. La planificación, la estrategia, la visión de futuro o nuestra capacidad para detectar cambios pueden haber influido en que hoy la encontremos delante.
Más allá de las razones, el iceberg sigue ahí.
Podemos preguntarnos cómo hemos llegado hasta aquí, revisar la estrategia, cuestionar nuestras decisiones o intentar comprender mejor qué está ocurriendo.
Pero el barco sigue avanzando.
Si no hacemos nada, también estamos tomando una decisión.
¿Cómo podemos evitar la amenaza? ¿Qué decisión debemos tomar? ¿Qué solución creativa podría abrir una salida?
Y cuando las consecuencias importan, quizá sea todavía más importante ampliar la mirada.
¿Y si la amenaza no fuera exactamente la que pensamos?
¿Y si el iceberg no fuera la amenaza?
¿Qué podría estar pasando?
Una amenaza puede obligarnos a actuar. Pero antes de decidir qué hacer, podemos recorrer distintas miradas para comprender qué tenemos delante, desde dónde lo estamos afrontando y qué posibilidades tenemos.

LA SITUACIÓN
Todo parece preparado para abrir la nueva filial. Han estudiado el mercado, trabajado con consultoras, encontrado un socio local y elaborado un plan detallado.
Pero Richard cree que hay un iceberg delante. No sabe cuál es. Y una pregunta inesperada de Daniel acaba de poner en duda algo que parecía evidente.
Antes de decidir qué hacer, quizá convenga situarse.
¿Qué hay delante que todavía no están viendo?
OTRAS PERSPECTIVAS
Richard ve un iceberg que no sabe identificar. Daniel, sin conocer los planes ni los informes, ha visto algo que los demás no estaban viendo.
Una misma situación puede cambiar cuando la observamos desde otro lugar.
¿Qué podrían aportar otras perspectivas sobre lo que está ocurriendo?
VER OPCIONES
Ahora sabemos que puede haber más de una forma de entender lo que está ocurriendo.
Pero cambiar la perspectiva también puede hacer aparecer opciones que antes no estaban sobre la mesa.
¿Qué podrían hacer Richard, Elena y los demás? ¿Qué ocurriría con cada opción? ¿Qué riesgos asumirían?
¿Qué riesgos asumimos cuando no exploramos otras posibilidades?
LA DECISIÓN
Richard puede seguir haciendo preguntas. Elena puede revisar los planes. El equipo puede explorar otras perspectivas y encontrar nuevas opciones.
Pero hay un momento en que seguir mirando también es una decisión.
La apertura de la filial sigue sobre la mesa y tendrán que decidir qué hacer.
¿Cuándo sabemos que hemos visto suficiente para decidir?
Miradas
LA SITUACIÓN
Cuando aparece una amenaza, es fácil empezar por la pregunta más urgente: ¿qué hacemos?
Pero antes de buscar una respuesta, necesitamos comprender la situación. Qué está ocurriendo, qué sabemos, qué estamos dando por supuesto y, sobre todo, qué podría haber delante que todavía no estamos viendo.
En esta historia, todos parecen tener bastante claro dónde están: conocen la empresa, han estudiado el mercado y llevan dieciocho meses preparando la expansión.
Y, sin embargo, Richard tiene una duda.
¿Cuál es realmente la situación?
La amenaza
Quizá el problema esté exactamente donde parece: hay un riesgo real que puede comprometer la expansión.
El rumbo
Quizá el iceberg no sea el problema. Quizá la empresa haya definido hacia dónde quiere ir sin profundizar en el por qué.
El barco
Quizá el destino tenga sentido, pero estén intentando llegar hasta él con un modelo pensado para navegar en otras aguas.
El mapa
Daniel introduce otra posibilidad: quizá hayan recopilado mucha información para responder a una pregunta que ya daban por decidida.
OTRAS PERSPECTIVAS
Podemos conocer muy bien una situación y, aun así, estar observándola desde un lugar determinado.
En esta historia, la empresa ha estudiado durante dieciocho meses el mercado, la inversión y la forma de llevar allí su modelo. Pero casi todas esas preguntas parten de una misma perspectiva: la de una empresa que quiere expandirse.
¿Qué cambia si observamos la misma situación desde otros lugares?
El mercado
La empresa sabe lo que quiere ofrecer. Pero quienes están al otro lado pueden tener otras necesidades, expectativas o formas de entender el valor..
El socio local
Conoce el terreno desde dentro: sus códigos, sus relaciones y también aquello que desde fuera puede parecer menos importante de lo que realmente es.
Los empleados
Una expansión no ocurre solamente en los informes. Aparecerá en decisiones, procesos y trabajo cotidiano.
La competencia
Mientras la empresa estudia cómo entrar, otros ya están allí, conocen el terreno y también tomarán decisiones.
VER OPCIONES
Mirar desde otras perspectivas no significa cuestionar constantemente todo lo que ya hemos hecho. Las decisiones anteriores también forman parte de lo que sabemos ahora.
Pero cuando aparece información nueva, una duda relevante o algo que no habíamos considerado, podemos preguntarnos si seguimos teniendo las mismas opciones delante. Quizá las nuevas posibilidades simplifiquen el camino, aprovechen mejor el trabajo realizado o incluso eviten problemas que todavía no han aparecido.
¿Y ahora qué podrían hacer?
Seguir adelante
Quizá el plan siga teniendo sentido y la información obtenida confirme que el riesgo es asumible.
Cambiar el plan
Quizá no sea necesario renunciar a la expansión, sino modificar la forma en que quieren llevarla a cabo.
Probar antes de decidir
Quizá no necesiten tomar todavía una decisión definitiva. Una prueba más pequeña podría permitirles aprender antes de comprometer más recursos.
Añadir una pregunta
Quizá todo el trabajo realizado siga siendo útil. Pero la pregunta de Daniel introduce algo que todavía no habían considerado.
LA DECISIÓN
Podemos analizar una situación, consultar otras perspectivas y valorar diferentes opciones. Y aun así, podemos equivocarnos.
Porque el riesgo no siempre está en tomar una mala decisión. A veces está en no haber visto aquello que podía convertir una buena decisión en la equivocada.
En esta historia, evitar el iceberg parece la respuesta evidente.
Pero ¿y si la decisión más lógica no fuera la mejor?
Lo evidente
Cuando una opción parece obvia, puede que dejemos de comparar qué ocurriría si no hiciéramos lo esperado.
Lo que no sabemos
Podemos decidir con mucha información y seguir ignorando justamente el dato que podría cambiar la decisión.
Lo que damos por hecho
Algunas decisiones parecen inevitables porque descansan sobre algo que ya hemos dejado de cuestionar.
Lo irreversible
No todas las decisiones tienen el mismo coste de equivocarse. Quizá la mejor opción no sea la que parece más acertada, sino la que nos permite corregir.
Explora las posibilidades
¿Qué amenaza podrían no estar viendo?
Haber estudiado un mercado no significa necesariamente haber encontrado un lugar dentro de él.
Las empresas pueden sobreestimar el atractivo de un mercado extranjero precisamente porque su tamaño o potencial resulta evidente. Pankaj Ghemawat advertía en Harvard Business Review de que esa mirada puede hacer que se infravaloren las distancias culturales, administrativas, geográficas o económicas que condicionan realmente una expansión.
Los casos estudiados de Target, Tesco, Walmart o Best Buy en sus expansiones internacionales muestran además problemas recurrentes relacionados con la comprensión de los hábitos de compra, la competencia local, la localización o la velocidad de expansión.
La amenaza podría no estar en un mercado que no existe, sino en haber interpretado una oportunidad real desde supuestos que allí dejan de serlo.
Lo que ha permitido crecer a una empresa durante años puede convertirse, precisamente por haber funcionado, en una de las cosas que menos se cuestionan.
La investigación sobre decisiones de internacionalización ha observado que los responsables pueden caer en lo que se conoce como escalada del compromiso: mantener una línea de acción por fuerzas psicológicas, sociales o estructurales vinculadas al compromiso previo, incluso cuando nueva información justificaría revisarla. Entre los factores estudiados aparecen la responsabilidad sobre la decisión inicial, los costes ya asumidos y el exceso de optimismo.
Después de dieciocho meses preparando una expansión, revisar el modelo no significa que esos dieciocho meses hayan sido un error.
La amenaza puede aparecer cuando todo lo que ya hemos invertido se convierte, sin darnos cuenta, en una razón para seguir haciendo lo mismo.
Contar con un socio local puede reducir enormemente la incertidumbre. Conoce el terreno, las relaciones y muchas de las reglas que desde fuera pueden resultar difíciles de ver.
Pero confianza y alineación no son exactamente lo mismo.
Una investigación sobre joint ventures internacionales encontró que la cooperación entre socios está relacionada con la alineación de objetivos, tanto a nivel directivo como operativo. La compatibilidad cultural o la complementariedad de recursos ayudan, pero parte de su efecto pasa precisamente por conseguir que las partes estén intentando alcanzar objetivos compatibles.
Dos socios competentes pueden confiar el uno en el otro y, aun así, estar entendiendo de manera diferente qué significa que el proyecto funcione.
La amenaza podría no ser haber elegido al socio equivocado, sino descubrir demasiado tarde que dos buenos socios estaban intentando llegar a lugares distintos.
Cuando todos miran hacia el nuevo mercado, una parte de la amenaza puede quedar detrás.
La expansión internacional también consume algo menos visible que el dinero: atención directiva. Un estudio sobre 135 multinacionales analizó específicamente el tiempo y el esfuerzo que los ejecutivos de la sede dedican a comprender y gestionar el entorno internacional. Investigaciones posteriores sobre operaciones transfronterizas han encontrado que el aumento de actividad puede limitar la capacidad de los responsables para procesar información, y trabajos recientes continúan señalando la capacidad directiva limitada como una restricción potencial al crecimiento internacional.
Por tanto, incluso una expansión prometedora puede empezar a competir por atención, personas y capacidad de decisión con aquello que ya funciona.
El iceberg podría no estar únicamente delante. Parte del riesgo puede estar en lo que dejamos de mirar dentro del barco mientras todos observan el horizonte.
¿Es ese el rumbo que deberían seguir?
Revisar una decisión no significa necesariamente encontrar motivos para cambiarla.
La investigación sobre internacionalización muestra que las empresas pueden mantener inversiones y ampliarlas a medida que disminuye la incertidumbre sobre el mercado. Un estudio sobre filiales extranjeras encontró precisamente que la probabilidad de aumentar la inversión crecía cuando se reducía la incertidumbre sobre la demanda local.
Después de dieciocho meses, la nueva información podría confirmar que las razones que los llevaron hasta allí siguen siendo válidas. La diferencia es que ahora sabrían mejor qué están asumiendo y qué señales deberán seguir observando.
Cambiar de perspectiva no obliga a cambiar de rumbo. A veces sirve para descubrir mejores razones para mantenerlo.
Entre continuar exactamente igual y abandonar existe una posibilidad mucho más amplia: modificar el grado y la forma del compromiso.
La teoría de real options aplicada a la expansión internacional estudia precisamente esta lógica. Ante la incertidumbre, una empresa puede mantener flexibilidad, avanzar por etapas y aumentar su inversión cuando obtiene nueva información. Un estudio sobre 1.148 filiales en 22 países encontró evidencia de que las empresas ajustaban sus inversiones posteriores atendiendo a la incertidumbre y a cuánto de irreversible tenía la decisión.
Eso podría significar cambiar el ritmo, reducir inicialmente la escala, probar otra forma de entrada o reservar parte de la inversión hasta comprender mejor el terreno.
Rectificar no invalida los dieciocho meses recorridos. Puede convertir lo aprendido durante ellos en una forma más inteligente de continuar.
A veces la nueva información no cuestiona solamente cómo llegar, sino si el destino elegido sigue siendo la mejor expresión del objetivo original.
La investigación sobre estrategia internacional ha observado que la falta de ajuste entre la estrategia y los riesgos específicos del mercado extranjero es una causa importante de salida de mercados internacionales. También señala que una mejor observación del entorno puede ayudar a detectar ese desajuste.
La empresa podría descubrir que la expansión sigue teniendo sentido, pero no necesariamente en ese mercado, con ese alcance o mediante la estructura que había imaginado.
Cambiar el destino no tiene por qué significar renunciar a la expansión. Puede significar separar el objetivo que perseguían del lugar concreto donde habían decidido buscarlo.
Hay un momento en el que continuar puede parecer más fácil que parar, precisamente porque ya se ha invertido demasiado para sentir que se puede volver atrás.
La investigación denomina escalada del compromiso a la tendencia a persistir en una línea de acción ineficaz por factores como los costes ya asumidos, la responsabilidad sobre la decisión inicial o el exceso de optimismo. Este fenómeno también se ha estudiado específicamente en decisiones de internacionalización.
Y detenerse no es sólo una posibilidad teórica. Tesco, por ejemplo, decidió abandonar su proyecto Fresh & Easy en Estados Unidos después de que una revisión estratégica concluyera que la operación no estaba ofreciendo retornos aceptables. El caso se estudia precisamente como una decisión de salida y de aprendizaje para la estrategia internacional posterior.
Parar puede hacer visible una pérdida. Pero continuar únicamente para no reconocerla puede convertir una decisión pasada en quien decide el futuro.
¿Dónde podrían encontrar ese sentido?
Un modelo que ha demostrado funcionar no tiene por qué dejar de ser válido al entrar en otro mercado. Pero algunas de sus piezas pueden depender del entorno en el que nació.
IKEA mantuvo en China buena parte de su concepto global, pero fue modificando aspectos de su propuesta y de su marketing para responder mejor a las condiciones locales. La adaptación no consistió necesariamente en abandonar el modelo, sino en distinguir qué debía permanecer y qué podía cambiar.
Quizá la empresa no necesite otro barco. Puede necesitar descubrir qué partes del suyo deben adaptarse a las nuevas aguas.
No siempre es posible saber antes de entrar qué forma deberá tener el modelo definitivo.
Un estudio longitudinal sobre la entrada de un fabricante alemán de automóviles en India observó un proceso de adaptación progresivo: extensión inicial, aparición de soluciones locales, expansión y consolidación. El modelo fue ajustándose por etapas a medida que la empresa adquiría experiencia en el nuevo mercado.
Quizá no necesiten tener resuelto desde el principio cómo funcionará allí la empresa. Parte del modelo puede construirse con aquello que aprendan durante el recorrido.
Adaptarse tampoco significa modificarlo todo.
La experiencia internacional de IKEA muestra precisamente esa tensión: mantener un concepto global reconocible mientras determinadas partes de la oferta se ajustan al mercado local. Algunas características pueden ser necesarias para adaptarse; otras forman parte de aquello que hace que el modelo siga siendo el mismo.
Antes de adaptar el barco a otras aguas, puede ser importante saber qué piezas pueden cambiar y cuáles hacen que siga siendo su barco.
También existe una posibilidad más incómoda: que aquello que funciona muy bien en un lugar no encuentre allí las condiciones que necesita para funcionar.
El caso de Starbucks en Australia es especialmente ilustrativo. La investigación sobre su expansión señala, entre otros factores, una insuficiente adaptación al mercado local, una fuerte competencia ya existente y problemas en la sostenibilidad del modelo; en 2008 la compañía acabó cerrando aproximadamente tres cuartas partes de sus establecimientos australianos.
A veces el problema no está en navegar mejor. Está en descubrir a tiempo que ese barco, tal como está concebido, puede no ser adecuado para esas aguas.
¿Y si cambiara la pregunta?
Una expansión puede convertirse poco a poco en un objetivo por sí misma.
Pero antes de decidir cómo entrar en un mercado, quizá convenga recuperar la pregunta anterior: ¿qué esperaba conseguir la empresa entrando allí?
El investigador Thomas Wedell-Wedellsborg encontró, en una encuesta a 106 ejecutivos de nivel C de 91 organizaciones, que el 85 % consideraba que sus empresas tenían dificultades para diagnosticar correctamente los problemas. Entre las prácticas que propone para reformularlos está precisamente cuestionar el objetivo.
Quizá buscaban crecimiento, diversificación, acceso a determinados clientes, aprendizaje, posicionamiento o reducir su dependencia de otro mercado. Si recuperan ese objetivo, pueden aparecer caminos que dieciocho meses atrás no estaban contemplando.
A veces cambiar la pregunta consiste simplemente en recordar qué queríamos conseguir antes de decidir cómo íbamos a conseguirlo.
Las organizaciones suelen ser mucho mejores resolviendo problemas que preguntándose si ese es realmente el problema que deberían resolver.
Dwayne Spradlin, desde Harvard Business Review, señala que la forma en que se define un problema condiciona profundamente la calidad de las soluciones que pueden aparecer. Wedell-Wedellsborg llega a una conclusión parecida: los directivos tienden a entrar demasiado rápido en modo solución sin comprobar antes si están diagnosticando correctamente la situación.
Durante dieciocho meses la empresa puede haber intentado resolver cómo entrar en ese mercado. Pero podría reformularlo: cómo crecer allí, cómo acceder a esos clientes, cómo probar si existe una oportunidad o incluso cómo conseguir ese crecimiento sin instalarse todavía en el mercado.
Las respuestas pueden mejorar mucho cuando dejamos de pedirles que resuelvan una pregunta que quizá estaba limitando las posibilidades desde el principio.
Dieciocho meses de investigación pueden producir una enorme cantidad de información. Pero acumular información no garantiza que hayamos buscado la información que podría contradecir nuestra decisión.
La psicología de la decisión ha documentado la llamada búsqueda confirmatoria: después de tomar una decisión preliminar, tendemos a preferir información que la respalda frente a información que entra en conflicto con ella. Experimentos publicados en Journal of Experimental Social Psychology muestran además que la manera de enfocar la búsqueda puede aumentar o reducir ese sesgo.
Por eso quizá no necesiten investigar más el mercado. Podrían hacer algo diferente: buscar deliberadamente aquello que tendría que ser cierto para demostrar que su interpretación actual es equivocada.
Un mapa puede contener muchísima información y seguir dejando fuera precisamente aquello que nunca pensamos en buscar.
Cuando una pregunta contiene ya una solución, las alternativas empiezan a desaparecer antes incluso de haberlas considerado.
¿Cómo entramos en este mercado? presupone que hay que entrar. ¿Cómo conseguimos aquello que buscamos en este mercado? abre un espacio diferente.
La investigación sobre reframing propone precisamente buscar explicaciones alternativas, preguntar qué falta y considerar categorías diferentes antes de continuar resolviendo el problema original. No se trata necesariamente de encontrar «el verdadero problema», sino de comprobar si existe otro problema más útil que resolver.
Quizá puedan entrar mediante un socio, empezar vendiendo desde fuera, licenciar parte del modelo, realizar una prueba limitada, buscar otro mercado o descubrir que existe una manera completamente distinta de alcanzar el objetivo.
Cuando dejamos de preguntar cómo ejecutar una respuesta, puede volver a aparecer algo que habíamos perdido por el camino: las opciones.
¿Qué verían ellos que la empresa podría no estar viendo?
Las empresas suelen estudiar quién compra sus productos, qué características valora o cuánto estaría dispuesto a pagar. Pero esas respuestas pueden no explicar por qué alguien decide comprar algo en un momento determinado.
Clayton Christensen desarrolló el enfoque Jobs to Be Done precisamente para observar la situación desde otro lugar: las personas no compran simplemente productos; los utilizan para resolver algo que necesitan hacer en unas circunstancias concretas.
Su conocido estudio sobre los batidos de una cadena de comida rápida mostró algo inesperado. Los batidos no competían solamente con otros batidos. Por la mañana, muchos clientes los utilizaban para hacer más llevadero un trayecto largo y evitar tener hambre antes de llegar al trabajo. Sus alternativas podían ser un plátano, un donut, un café o cualquier otra cosa capaz de cumplir esa función.
La empresa podría conocer perfectamente a sus clientes y seguir sin haber identificado qué están intentando conseguir cuando eligen su propuesta.
Quizá comprender el mercado no empiece preguntando quién podría comprar lo que ofrecen, sino qué necesitaría resolver alguien para querer hacerlo.
Una empresa puede estar convencida de las ventajas de su propuesta y descubrir que el cliente utiliza criterios diferentes para decidir si realmente le interesa.
Investigadores de Bain & Company analizaron durante décadas qué elementos intervienen en la percepción de valor de los consumidores. Identificaron treinta componentes distintos, desde aspectos funcionales como ahorrar tiempo o reducir riesgos hasta elementos emocionales, transformadores o relacionados con el impacto social.
Esto ayuda a explicar por qué una característica que la empresa considera extraordinaria puede resultar secundaria para el cliente, mientras algo aparentemente menor puede convertirse en una razón decisiva para elegir.
Al entrar en otro mercado, además, la importancia relativa de esos elementos puede cambiar con el contexto, las expectativas y las alternativas disponibles.
El valor no está solamente en aquello que una empresa ofrece. También está en aquello que el cliente reconoce como valioso cuando lo recibe.
Una propuesta mejor no siempre consigue que las personas abandonen aquello que ya utilizan.
John Gourville, de Harvard Business School, estudió precisamente la dificultad de introducir nuevos productos. Su trabajo muestra una asimetría importante: las empresas tienden a sobrevalorar las ventajas de sus innovaciones, mientras los consumidores conceden un peso considerable a aquello que tendrían que abandonar para adoptarlas.
Cambiar puede significar aprender una nueva forma de trabajar, modificar una rutina, asumir incertidumbre, convencer a otras personas o simplemente renunciar a algo conocido que hasta ahora funcionaba suficientemente bien.
Por eso, la empresa podría estar comparando las prestaciones de su propuesta con las de otras ofertas mientras el cliente está haciendo una comparación diferente: lo nuevo frente al coste de dejar de hacer las cosas como siempre.
Para entrar en un mercado quizá no baste con ofrecer algo mejor. También puede ser necesario comprender qué tendría que abandonar alguien para elegirlo.
Desde dentro de una industria resulta natural definir la competencia mirando a otras empresas que ofrecen productos o servicios parecidos.
Desde el cliente, el mapa puede ser completamente diferente.
El enfoque Jobs to Be Done de Clayton Christensen lo mostró de una manera especialmente clara: si dos productos completamente distintos permiten resolver la misma necesidad, pueden estar compitiendo aunque pertenezcan a categorías diferentes. En su ejemplo clásico, un batido podía competir con un plátano, un donut o simplemente con desayunar más tarde.
La empresa podría haber estudiado exhaustivamente a todos sus competidores y seguir dejando fuera una alternativa mucho más poderosa: hacerlo de otra manera, utilizar algo distinto, mantener la solución actual o incluso no hacer nada.
Quizá la competencia más importante no sea otra empresa que ofrece lo mismo, sino cualquier alternativa que permita al cliente no necesitar aquello que queremos venderle.
¿Qué podría estar viendo que la empresa todavía no comprende?
Una de las razones para incorporar un socio local es precisamente acceder a un conocimiento que sería difícil adquirir desde fuera.
Un estudio sobre 558 joint ventures japonesas en Asia encontró que asociarse con empresas locales podía ser una vía importante para superar la falta de conocimiento del mercado y mejorar el rendimiento. Pero disponer de un socio que posee ese conocimiento no significa automáticamente que todo ese conocimiento llegue a la empresa.
Parte de lo que sabe puede estar en su experiencia, en relaciones construidas durante años o en formas de actuar que nunca ha necesitado explicar. La investigación sobre transferencia de conocimiento en joint ventures muestra precisamente la importancia de factores como la confianza, la intención de aprender, la interacción entre las partes y la claridad de los objetivos.
Quizá el valor del socio no esté solamente en las respuestas que puede dar, sino en conseguir que aparezca aquello que sabe y que todavía nadie ha pensado en preguntarle.
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Dos empresas pueden querer que un mismo proyecto funcione y, aun así, tener razones diferentes para quererlo.
La investigación sobre alianzas empresariales distingue entre los beneficios comunes que los socios esperan crear juntos y los beneficios particulares que cada uno intenta obtener de la relación. El socio local puede buscar rentabilidad, pero también acceso a tecnología, conocimiento, nuevos clientes, reputación o una posición diferente dentro de su propio mercado.
Nada de esto implica necesariamente un conflicto. El problema aparece cuando objetivos diferentes permanecen ocultos bajo un objetivo aparentemente compartido.
Quizá no necesiten preguntarse solamente si ambos quieren que el proyecto funcione, sino qué significaría exactamente que funcionara para cada uno.
Compartir objetivos, reuniones y documentos no garantiza que dos organizaciones estén interpretando la relación exactamente de la misma manera.
Las alianzas internacionales combinan empresas que pueden tener culturas organizativas, experiencias, formas de negociar y contextos institucionales diferentes. La investigación sobre joint ventures muestra que la compatibilidad entre socios y la confianza influyen en la transferencia de conocimiento, mientras otros trabajos señalan que el conflicto no es necesariamente excepcional en estas relaciones: puede surgir de diferencias en objetivos, control, acceso a información o formas de entender la colaboración.
Una conversación aparentemente clara puede esconder expectativas diferentes sobre quién decide, qué significa comprometerse, cuánto debe adaptarse cada parte o qué ocurrirá cuando aparezca un desacuerdo.
Quizá comprender al socio no consista solamente en escuchar lo que dice, sino en comprobar si las mismas palabras están describiendo el mismo acuerdo para ambos.
El socio local no aporta únicamente información sobre el mercado. Forma parte de él.
Sus relaciones con clientes, proveedores, instituciones, competidores y otros actores pueden permitirle acceder a información, legitimidad y oportunidades que serían difíciles de conseguir desde fuera. Pero esa misma posición también condiciona lo que puede hacer: una decisión beneficiosa para el nuevo proyecto puede afectar relaciones que el socio necesita preservar más allá de esa colaboración.
La investigación sobre redes empresariales señala además una diferencia importante: tener un socio con buenos contactos no garantiza necesariamente acceder a toda su red. El socio puede conectar activamente a la empresa con ella o mantener determinadas relaciones bajo su propio control, generando incluso una situación de dependencia.
Quizá el socio vea algo que la empresa no puede ver desde fuera: que entrar en un mercado no consiste solamente en conocer el terreno, sino en entrar en una red de relaciones que ya existía antes de que ellos llegaran.
¿Qué cambia cuando la miramos desde quienes tendrán que hacerla posible?
Desde la dirección, un proceso puede parecer perfectamente definido. Desde quien lo ejecuta cada día, puede ser bastante diferente.
La investigación sobre el trabajo real distingue desde hace décadas entre el trabajo tal como está diseñado y el trabajo tal como acaba realizándose. Cuando aparecen excepciones, clientes imprevistos, herramientas que no responden o procedimientos que no encajan del todo, los empleados desarrollan pequeñas adaptaciones para conseguir que el sistema continúe funcionando.
Esas adaptaciones pueden parecer desviaciones del procedimiento. Pero también pueden contener información muy valiosa sobre dónde el modelo necesita ayuda para funcionar en la realidad.
Antes de trasladar una operación a otro mercado, observar cómo trabajan realmente quienes la sostienen puede revelar dependencias, conocimientos y soluciones informales que nunca llegaron a aparecer en ningún manual.
Quizá una parte importante de cómo funciona la empresa no esté escrita en sus procesos, sino en todo aquello que sus empleados hacen para conseguir que funcionen.
Estar cerca de un problema permite ver cosas que pueden tardar mucho en llegar hasta quienes toman las decisiones.
Pero disponer de esa información no garantiza que circule hacia arriba.
Amy Edmondson, de Harvard Business School, ha estudiado extensamente la psychological safety: la percepción de que es posible plantear preguntas, reconocer errores o expresar preocupaciones sin asumir un riesgo interpersonal excesivo. Su investigación muestra por qué información importante puede permanecer silenciosa incluso en organizaciones formadas por profesionales competentes.
Un empleado puede haber detectado una dificultad en la expansión, una reacción inesperada de los clientes o una suposición que no se está cumpliendo y, aun así, considerar que no le corresponde cuestionar una decisión tomada muchos niveles por encima.
Quizá la información que necesita la dirección ya exista dentro de la empresa. La pregunta es si ha construido un lugar donde alguien pueda decirla.
Para la dirección, una expansión puede significar crecimiento, oportunidades y futuro. Para algunos empleados, exactamente la misma decisión puede significar incertidumbre.
Nuevas responsabilidades, equipos distintos, cambios de procesos, desplazamiento de recursos o incluso la posibilidad de que aquello que dominaban deje de ser tan importante pueden alterar la manera en que interpretan el proyecto.
La investigación sobre cambio organizativo ha mostrado que lo que suele etiquetarse como “resistencia al cambio” no siempre es una oposición irracional. Puede contener preocupaciones legítimas sobre pérdida de control, competencia, identidad, relaciones o condiciones que las personas valoraban antes del cambio.
Escucharlas no obliga a detener la expansión. Puede proporcionar información sobre consecuencias que desde la perspectiva estratégica resultaban difíciles de ver.
Quizá quienes parecen resistirse al futuro estén señalando algo del presente que la empresa todavía no ha incluido en sus cálculos.
Las decisiones estratégicas suelen concentrarse en quienes tienen mayor responsabilidad. Pero eso no significa que allí se encuentre toda la información necesaria para tomarlas.
Investigaciones sobre employee voice han estudiado precisamente las condiciones que hacen que los empleados aporten ideas, advertencias y propuestas destinadas a mejorar una organización. Quienes están en contacto directo con clientes, proveedores, sistemas o problemas operativos pueden disponer de fragmentos del mapa que difícilmente aparecen desde la dirección.
Incorporarlos no significa convertir cada decisión en una votación ni renunciar a la responsabilidad de decidir. Significa utilizar mejor el conocimiento distribuido dentro de la organización.
Quizá preguntar a quienes tendrán que hacer funcionar la decisión no complique el proceso. Quizá permita descubrir, antes de decidir, qué necesitará la decisión para funcionar.
¿Qué podrían hacer ellos que nuestros planes no están contemplando?
Un competidor que lleva años operando en un mercado no solamente ocupa una posición dentro de él. También ha acumulado aprendizaje.
Sus productos, precios, canales, alianzas e incluso aquello que ha dejado de hacer pueden ser el resultado de decisiones tomadas después de probar posibilidades que una empresa recién llegada todavía está considerando.
La investigación sobre aprendizaje organizativo muestra que la experiencia puede convertirse en conocimiento acumulado y modificar progresivamente procesos y decisiones. Eso no significa que el competidor haya encontrado la mejor respuesta ni que convenga imitarlo.
Pero algunas de sus decisiones pueden contener información.
Antes de preguntarse qué está haciendo la competencia, quizá convenga preguntarse qué tuvo que aprender para acabar haciéndolo así.
Cuando analizamos a un competidor solemos observar aquello que ofrece, dónde vende, cuánto cobra o cómo se comunica.
Pero también existe información en aquello que no hace.
Una empresa establecida puede haber abandonado un segmento, evitado determinado canal, reducido una línea de producto o decidido no competir en una parte aparentemente atractiva del mercado. Puede tratarse de un error, una limitación interna o simplemente una oportunidad que no ha visto. Pero también puede ser el resultado de algo que aprendió antes.
En estrategia, observar patrones de entrada y salida permite estudiar no sólo dónde compiten las empresas, sino también dónde han decidido dejar de hacerlo.
Un espacio vacío puede ser una oportunidad. Pero antes de ocuparlo quizá convenga preguntarse por qué continúa vacío.
La empresa ha dedicado dieciocho meses a preparar su entrada. Pero la entrada no ocurrirá sobre una fotografía inmóvil del mercado.
Los competidores pueden cambiar precios, reforzar relaciones con distribuidores, aumentar inversión comercial, lanzar productos, proteger clientes importantes o simplemente aprender de la propuesta del recién llegado.
La literatura estratégica lleva décadas estudiando estas competitive dynamics: las acciones de una empresa pueden provocar respuestas de otras, y la probabilidad y velocidad de esas respuestas dependen de factores como cuánto perciban la amenaza, su capacidad para reaccionar y la importancia que tenga ese mercado para ellas.
Por tanto, no basta con preguntarse si el plan funciona en el mercado que han estudiado.
Quizá también deban preguntarse qué mercado tendrán delante después de que los demás sepan que han llegado.
La empresa conoce sus planes, sus dificultades, los dieciocho meses de preparación y las razones que justifican cada decisión.
La competencia no ve nada de eso.
Ve una empresa entrando en su mercado.
Esa distancia puede producir una perspectiva interesante. Un competidor puede interpretar rápidamente dónde parece fuerte el recién llegado, dónde depende de terceros, qué clientes intenta captar, qué propuesta está haciendo o dónde podría resultar vulnerable. Y puede hacerlo sin estar condicionado por todo el esfuerzo y las decisiones que han llevado a la empresa hasta allí.
En ocasiones, imaginar la perspectiva de un adversario se utiliza precisamente para cuestionar planes propios. Los ejercicios de red teaming parten de una lógica similar: observar una estrategia desde la posición de quien tendría motivos para encontrar sus debilidades.
Quizá una de las mejores maneras de descubrir dónde somos vulnerables sea dejar por un momento de preguntarnos cómo vemos nuestro plan y preguntarnos dónde atacaría alguien que quisiera hacerlo fracasar.
¿Qué necesitarían comprobar antes de continuar?
Dieciocho meses de análisis pueden reducir muchas incertidumbres. Pero hay una clase de información que resulta difícil obtener antes de que algo ocurra realmente.
La investigación sobre experimentación empresarial parte precisamente de esa limitación: los datos existentes pueden ayudar a entender un mercado, pero no siempre permiten anticipar cómo responderán los clientes ante una propuesta nueva. Por eso algunas empresas convierten una parte de una decisión en un experimento antes de extenderla al conjunto.
En este caso, probar no tendría por qué significar poner en duda toda la expansión. Podrían limitar inicialmente una zona, un segmento, un canal, una versión de la propuesta o incluso una hipótesis concreta que todavía consideran incierta.
La diferencia parece pequeña, pero cambia la pregunta. Ya no necesitan saber si todo el plan funcionará. Pueden identificar qué necesitan aprender antes de comprometer la siguiente parte.
Quizá el siguiente paso no tenga que demostrar que tenían razón. Puede servir para descubrir dónde todavía podrían estar equivocados.
No todas las decisiones de una expansión tienen que tomarse al mismo tiempo.
La lógica de las real options, utilizada para analizar inversiones bajo incertidumbre, propone precisamente conservar flexibilidad cuando todavía puede aparecer información relevante. En determinadas situaciones, dividir una inversión en etapas permite avanzar sin renunciar desde el principio a la posibilidad de ampliar, modificar, esperar o abandonar posteriormente.
La empresa podría comprometer ahora aquello que necesita para iniciar el proyecto y dejar abiertas decisiones que todavía no aportan ninguna ventaja por estar cerradas: tamaño de la operación, recursos adicionales, nuevos territorios, estructura definitiva o velocidad de crecimiento.
Eso no significa aplazar indefinidamente las decisiones. Significa reconocer que una decisión tomada mañana puede disponer de información que hoy todavía no existe.
Quizá avanzar no consista en decidirlo todo cuanto antes, sino en saber qué merece ser decidido ahora y qué gana valor permaneciendo abierto.
Cuando un proyecto lleva dieciocho meses de trabajo, imaginar su fracaso puede resultar incómodo. Precisamente por eso puede ser útil hacerlo antes de continuar.
El psicólogo Gary Klein propuso el premortem: imaginar que un proyecto ya ha fracasado y pedir a las personas implicadas que expliquen qué pudo haber ocurrido. La técnica utiliza lo que se conoce como prospective hindsight y permite que aparezcan dudas y riesgos que pueden resultar más difíciles de expresar cuando todo el equipo está concentrado en conseguir que el proyecto funcione.
Pero podrían dar un paso más. No sólo imaginar qué podría salir mal, sino decidir ahora qué señales justificarían detenerse, reducir la inversión o cambiar de dirección: una demanda inferior a determinado nivel, costes que superen cierto límite, dificultades con el socio, plazos que dejen de tener sentido o cualquier otra condición relevante para el proyecto.
Decidir esos criterios antes de encontrarse dentro del problema puede ayudar a separar una nueva decisión de todo el esfuerzo que ya se habrá realizado.
Quizá la mejor manera de proteger una decisión no sea prometer que la mantendrán, sino acordar ahora qué tendría que ocurrir para dejar de defenderla.
La expansión puede entenderse como el momento en que termina la investigación y comienza la ejecución.
Pero también puede entenderse de otra manera: como una nueva fuente de información.
La investigación sobre experimentación organizativa muestra cómo los experimentos iterativos pueden utilizarse no sólo para comprobar hipótesis, sino para aprender de los resultados, reformular problemas y adaptar las decisiones posteriores. Estudios realizados con experimentos breves dentro de organizaciones han observado además cómo esa experiencia puede convertirse en conocimiento compartido cuando el aprendizaje forma parte deliberadamente del proceso.
La empresa podría decidir antes de entrar qué quiere aprender durante los primeros meses: qué clientes responden de manera diferente, qué supuestos se cumplen, qué sorprende al socio local, dónde aparecen fricciones o qué elementos del modelo necesitan adaptarse. Y establecer momentos concretos para revisar esa información antes de continuar ampliando.
De esa manera, entrar en el mercado dejaría de ser el momento en que ponen en práctica todo lo aprendido durante dieciocho meses.
Podría convertirse en el momento en que empiezan a aprender aquello que sólo podían descubrir entrando.
¿Qué podrían probar primero?
Arthur podría mantener los mismos contenidos, pero dejar de presentarlos únicamente como una explicación.
Podría plantear preguntas, recoger respuestas, confrontar interpretaciones y construir parte de la explicación a partir de lo que aparece en la conversación.
Quizá algunos alumnos conecten mejor con una idea cuando pueden dialogar con ella antes de recibirla completamente elaborada.
En lugar de presentar primero los conceptos de manera abstracta, Arthur podría convertir parte de la clase en un caso que los alumnos tengan que comprender.
Una situación real, ficticia o incluso aparentemente absurda puede contener los mismos conocimientos que quería explicar.
La materia seguiría siendo la misma, pero ahora habría algo concreto sobre lo que pensar.
Algunos contenidos podrían dejar de aparecer como temas separados y convertirse en piezas necesarias para conseguir algo.
Arthur podría proponer un pequeño proyecto que obligara a buscar información, aplicar conceptos y resolver dificultades a medida que aparecen.
Los alumnos ya no aprenderían solamente para comprender la materia, sino también para poder hacer algo con ella.
Quizá una parte de lo que Arthur explica pueda adoptar una estructura narrativa.
Un descubrimiento, un conflicto, un error, una persona que intentó resolver un problema o incluso la historia de cómo apareció determinado conocimiento pueden convertirse en el hilo conductor.
Los conceptos no desaparecerían.
Simplemente dejarían de presentarse como información aislada para convertirse en algo que sucede.
¿Qué podrían hacer de otra manera?
Un plan no define solamente qué hacer. También establece qué tiene que ocurrir antes y qué puede esperar.
Ese orden puede parecer una consecuencia lógica del proyecto cuando, en realidad, contiene sus propias suposiciones. Quizá habían previsto constituir primero una estructura local, después contratar un equipo y finalmente empezar a vender. Pero podrían preguntarse qué ocurriría si algunas de esas relaciones cambiaran de posición.
Alterar la secuencia puede permitir que una fase produzca información antes de comprometer la siguiente. Una relación comercial puede preceder a una estructura propia. Un primer cliente puede ayudar a definir el equipo. Una prueba con un socio puede revelar qué capacidades necesitarán realmente después.
No significa que cualquier orden sea equivalente. Algunas dependencias serán necesarias. Precisamente por eso puede resultar útil distinguirlas de aquellas que existen simplemente porque así fue como construyeron el plan.
Quizá no necesiten cambiar las piezas. Puede bastar con descubrir que algunas empiezan a tener más sentido cuando dejan de estar en el lugar donde las habían puesto.
Cuando imaginamos una expansión, algunas dimensiones pueden incorporarse al proyecto mucho antes de saber si realmente son necesarias.
Número de personas, inversión inicial, territorio cubierto, capacidad operativa o estructura local pueden haberse calculado para responder al escenario que la empresa espera alcanzar. Pero ese escenario futuro no tiene por qué determinar necesariamente la dimensión desde la que deben comenzar.
La investigación sobre internacionalización distingue entre formas de entrada que exigen compromisos muy diferentes. Las operaciones con mayor propiedad y control suelen requerir más recursos, mientras que modalidades contractuales, cooperativas o de exportación pueden ofrecer otras combinaciones de compromiso, proximidad y flexibilidad.
Por eso reducir la escala no tiene por qué significar hacer una versión pequeña del mismo plan. Puede permitir descubrir qué tamaño necesita realmente cada parte del proyecto.
Quizá la pregunta no sea cuánto pueden reducir la expansión, sino cuánto de aquello que habían previsto necesita existir desde el primer día.
Decidir entrar en un mercado y decidir cómo estar presente en él son decisiones diferentes.
La investigación sobre internacionalización lleva décadas estudiando precisamente esta segunda cuestión. Una empresa puede exportar desde su mercado de origen, utilizar intermediarios, establecer acuerdos contractuales, licenciar parte de su actividad, crear una alianza o joint venture, adquirir una empresa existente o desarrollar una operación propia. Cada modalidad distribuye de manera diferente inversión, control, conocimiento, riesgo y dependencia.
Una meta-análisis de 72 estudios sobre modos de entrada muestra además que variables como el riesgo del país, las restricciones legales, el tamaño o crecimiento del mercado pueden relacionarse con la elección entre estructuras propias y cooperativas. No existe, por tanto, una única forma natural de «entrar».
La empresa podría mantener exactamente el mismo objetivo internacional y descubrir que la estructura diseñada durante dieciocho meses era solamente una de varias maneras posibles de alcanzarlo.
Quizá no tengan que decidir de nuevo si quieren estar allí. Puede que sólo necesiten volver a preguntarse qué significa exactamente estar allí.
Un plan puede hacer que determinados recursos parezcan imprescindibles porque fue construido contando con ellos.
Pero necesitar una capacidad no significa necesariamente tener que poseerla.
Laurence Capron y Will Mitchell han estudiado cómo las empresas obtienen las capacidades que necesitan para ejecutar nuevas estrategias. Desarrollarlas internamente es sólo una posibilidad. Dependiendo de aquello que necesitan, pueden recurrir también a contratos, alianzas o adquisiciones, cada una con ventajas, costes y grados de control diferentes.
Esto permite formular la expansión desde otro lugar. En vez de preguntar únicamente cuánto dinero, cuántas personas o qué infraestructura necesitan para ejecutar el plan, pueden identificar primero qué capacidades son realmente esenciales: conocimiento local, distribución, tecnología, relaciones, producción, atención al cliente o acceso comercial.
Después pueden preguntarse cuáles necesitan controlar, cuáles pueden compartir y a cuáles simplemente necesitan tener acceso.
Quizá algunos de los recursos que parecían necesarios para construir el proyecto sólo sean necesarios para construirlo de la manera que habían imaginado.
¿Qué nuevas opciones aparecen si incorporan esa pregunta a todo lo que ya saben?
Después de dieciocho meses, la empresa puede disponer de informes, previsiones, entrevistas, datos de mercado y análisis muy detallados.
Pero toda investigación empieza decidiendo qué merece ser investigado.
Los estudios sobre búsqueda de información en la toma de decisiones muestran que aquello en lo que centramos inicialmente la atención influye en las preguntas que hacemos después. Podemos investigar una situación con rigor y seguir obteniendo mucha información sobre una parte del problema mientras otras explicaciones permanecen mucho menos exploradas.
Por eso quizá resulte útil observar el proyecto desde otro lugar: no preguntarse qué información necesitan para responder mejor a las preguntas existentes, sino qué información sería importante si estuvieran haciendo una pregunta diferente.
Puede ser una necesidad del cliente, una consecuencia interna, una condición política, una dependencia tecnológica o algo que todavía no forma parte de ningún informe simplemente porque nadie consideró necesario buscarlo.
Quizá no les falte una respuesta. Puede que les falte la pregunta capaz de hacer aparecer la información que todavía no estaban buscando.
Algunas de las decisiones más importantes de un proyecto pueden descansar sobre afirmaciones que dejaron de parecer preguntas hace mucho tiempo.
«Este es el mercado adecuado.»
«Necesitamos un socio local.»
«Los clientes valorarán esto.»
«Tenemos que estar físicamente allí.»
Quizá todas sean ciertas. Pero cuando una afirmación se convierte en el punto de partida de todo lo demás, gran parte de la investigación posterior se realiza dentro del espacio que esa afirmación ha creado.
La investigación sobre toma de decisiones ha estudiado precisamente cómo una hipótesis inicial puede orientar la búsqueda posterior de información. Una manera de introducir fricción consiste en buscar deliberadamente aquello que podría cuestionarla, en lugar de limitarse a seguir acumulando evidencia compatible con ella.
No necesitan desconfiar de todo lo que saben. Basta con elegir una de las certezas sobre las que descansa el proyecto y devolverle temporalmente el signo de interrogación.
A veces una nueva perspectiva no aparece al encontrar una respuesta diferente, sino al permitir que algo que parecía resuelto vuelva a convertirse en pregunta.
No todas las preguntas que faltan son difíciles de imaginar. Algunas son difíciles de hacer.
Gary Klein desarrolló el premortem precisamente para facilitar que aparezcan reservas que pueden permanecer ocultas durante la planificación de un proyecto. Su propuesta parte de imaginar que el proyecto ya ha fracasado y preguntar qué pudo haber ocurrido. Al cambiar el marco, personas que quizá no expresarían directamente sus dudas encuentran una forma legítima de ponerlas sobre la mesa.
La investigación de Amy Edmondson sobre seguridad psicológica señala otro elemento importante: para que aparezca información incómoda no basta con que alguien la conozca. Tiene que existir un entorno en el que resulte posible preguntar, discrepar, reconocer dudas o señalar problemas sin que hacerlo suponga un coste interpersonal excesivo.
La empresa podría preguntarse qué cuestión resultaría más difícil plantear delante de todo el equipo.
¿Y si el mercado no nos necesita?
¿Y si nuestro socio no es imprescindible?
¿Y si después de dieciocho meses seguimos adelante principalmente porque llevamos dieciocho meses trabajando?
No porque alguna de ellas tenga que ser cierta.
Precisamente porque una pregunta capaz de incomodarnos puede estar señalando un lugar que hemos dejado de mirar con libertad.
Después de dieciocho meses trabajando en un proyecto, saber mucho puede convertirse también en una limitación.
El equipo conoce las razones de cada decisión, recuerda las alternativas descartadas y entiende por qué determinadas cosas se hacen de una manera concreta. Una persona que llega desde fuera no dispone de todo ese conocimiento.
Pero tampoco comparte necesariamente sus supuestos.
Amy Edmondson propone utilizar preguntas genuinas para hacer aparecer perspectivas que todavía no están en la conversación: qué estás viendo, qué nos falta, de qué otra manera podríamos pensar esto. La utilidad no está en asumir que alguien externo sabe más, sino precisamente en permitir que alguien que no ha recorrido el mismo camino pregunte por cosas que para quienes lo han recorrido ya resultan invisibles.
Podría ser alguien de otro departamento, otro sector, otra profesión, un cliente, un proveedor o una persona que simplemente no conozca el proyecto.
No necesitan pedirle una solución. Pueden explicarle la situación y escuchar qué es lo primero que no entiende.
Quizá la pregunta más valiosa no sea la que sólo puede formular un experto, sino la que el experto ya no puede formular porque hace demasiado tiempo que conoce la respuesta.
¿Qué pasaría si no evitaran el iceberg?
Cuando aparece una amenaza, nuestra atención se dirige naturalmente hacia las consecuencias de no actuar.
Pero actuar también puede crearlas.
Cambiar de rumbo puede retrasar la entrada, aumentar costes, alterar acuerdos, hacer perder una oportunidad o introducir nuevos riesgos que no existían en el plan original. Ninguno de ellos demuestra que deban mantener el rumbo. Simplemente significa que comparar alternativas exige observar las consecuencias de ambas.
La gestión del riesgo parte precisamente de una idea más amplia que la simple eliminación de amenazas: identificar, analizar, evaluar y tratar riesgos en relación con los objetivos de la organización. Una respuesta que reduce un riesgo puede modificar otros y consumir recursos que también tienen valor.
Por eso podrían construir dos escenarios paralelos: qué ocurre si mantienen el rumbo y qué ocurre si lo cambian. Después, observar no solamente qué riesgo desaparece en cada uno, sino qué nuevos riesgos aparecen como consecuencia de la propia decisión.
Quizá evitar el iceberg sea la decisión correcta. Pero sólo podrán saberlo cuando hayan mirado también aquello contra lo que podrían chocar mientras intentan esquivarlo.
Una amenaza no tiene necesariamente dos estados: existir o desaparecer.
También puede ser gestionable.
La gestión profesional del riesgo no consiste en intentar eliminar toda incertidumbre. ISO 31000 plantea un proceso de identificación, análisis, evaluación y tratamiento del riesgo precisamente porque las organizaciones tienen que actuar en entornos donde no todos los riesgos pueden —ni necesariamente deben— evitarse.
Eso permite reformular el iceberg.
Quizá aquello que han descubierto no obligue a abandonar el proyecto ni a esquivarlo completamente. Podrían reducir su exposición, compartir parte del riesgo, modificar determinadas condiciones, preparar una respuesta si ocurre o aceptar conscientemente una parte de sus consecuencias si el beneficio esperado continúa justificándolo.
La pregunta dejaría entonces de ser «¿cómo evitamos esto?» para convertirse en otra mucho más precisa: «¿qué tendría que cambiar para que pudiéramos asumirlo?»
Quizá el iceberg siga estando delante. Lo que puede cambiar es la clase de barco con el que decidimos atravesar esas aguas.
La aparición de nueva información puede crear una sensación inmediata de urgencia: ahora sabemos algo importante, por tanto tenemos que decidir qué hacer con ello.
Pero esperar también puede tener valor.
McDonald y Siegel demostraron, en un trabajo clásico sobre inversiones irreversibles bajo incertidumbre, que una oportunidad de inversión contiene también una opción: la posibilidad de esperar antes de comprometer los recursos. Su análisis mostró que una regla aparentemente lógica como invertir cuando los beneficios superan los costes puede ignorar el valor de la información que todavía puede aparecer.
Eso no significa que esperar sea siempre mejor. La oportunidad puede desaparecer, un competidor puede adelantarse o el retraso puede tener un coste considerable.
Precisamente por eso la espera también puede analizarse como una decisión.
¿Qué información podría aparecer? ¿Cuánto tardaría? ¿Qué coste tendría obtenerla? ¿Qué perderían mientras esperan? ¿Y podría realmente cambiar lo que decidan?
Quizá no necesiten decidir todavía qué hacer con el iceberg. Primero pueden preguntarse si existe alguna razón para decidirlo hoy.
Después de dieciocho meses de trabajo, cambiar el plan puede sentirse como perder una parte de todo lo construido.
Y eso puede influir en la decisión.
Arkes y Blumer demostraron experimentalmente el llamado sunk-cost effect: después de invertir dinero, esfuerzo o tiempo en algo, aumenta nuestra tendencia a continuar con ello. Investigaciones posteriores sobre escalation of commitment han mostrado cómo podemos seguir comprometiendo recursos con un curso de acción incluso después de recibir información negativa.
La alternativa no consiste necesariamente en abandonarlo todo.
Pueden separar aquello que ya han invertido —y que ninguna decisión podrá recuperar— de aquello que todavía está por decidir. Quizá puedan renunciar a una parte del plan, una inversión, un calendario, una estructura o incluso meses de trabajo y conservar precisamente aquello que justificaba el proyecto.
La pregunta entonces cambia. Ya no es «¿cómo evitamos perder estos dieciocho meses?», sino «si empezáramos hoy, sabiendo todo lo que sabemos ahora, ¿qué parte seguiríamos eligiendo?»
Quizá aceptar una pérdida no sea renunciar al proyecto. Puede ser la manera de dejar de proteger el pasado para poder volver a decidir sobre el futuro.
¿Qué necesitaríamos saber para cambiar de opinión?
Una empresa puede seguir investigando durante meses y acumular cada vez más información sin acercarse necesariamente a una decisión mejor.
En análisis de decisiones existe un concepto especialmente útil: el value of information. La pregunta no es simplemente cuánto valor tiene disponer de más información, sino si esa información podría modificar la decisión y si el beneficio de conocerla justifica el coste de obtenerla.
Esto permite invertir la lógica habitual. En lugar de preguntar «¿qué más podemos investigar?», la empresa puede imaginar primero qué resultados concretos le harían cambiar de opinión.
¿Una demanda por debajo de determinado nivel? ¿Un coste de entrada superior al previsto? ¿La imposibilidad de alcanzar cierto margen? ¿Una condición del socio local? ¿Una respuesta concreta de los clientes?
Si ninguna respuesta posible modificara lo que van a hacer, quizá esa investigación no sea necesaria.
No necesitan saberlo todo antes de decidir. Necesitan identificar qué podrían llegar a saber que realmente les haría decidir de otra manera.
Hay incertidumbres que pueden reducirse buscando más información. Otras forman parte de la propia decisión.
Frank Knight estableció hace más de un siglo una distinción que continúa siendo fundamental: existen situaciones en las que podemos estimar probabilidades a partir de información disponible y otras en las que la incertidumbre no puede reducirse de esa manera.
La empresa puede estudiar tendencias, entrevistar clientes, analizar competidores y construir escenarios. Pero no podrá conocer con certeza cómo evolucionará el mercado, qué hará cada competidor o qué acontecimientos externos aparecerán durante los próximos años.
Llegado cierto punto, seguir investigando puede producir más conocimiento sin eliminar aquello que hace incierta la decisión.
La cuestión deja entonces de ser «¿cómo conseguimos estar seguros?» y pasa a ser «¿qué decisión estamos dispuestos a tomar sabiendo que esto seguirá siendo incierto?»
Quizá una buena decisión no sea aquella que consigue eliminar lo que no sabemos, sino aquella que reconoce claramente qué seguirá sin saber cuando tenga que decidir.
Parte de la información que necesitarían para decidir mejor puede no estar escondida en ningún informe.
Puede que todavía no exista.
Los clientes pueden modificar sus hábitos, un competidor puede reaccionar, aparecer una tecnología, cambiar una regulación o producirse una circunstancia económica que altere las condiciones sobre las que se construyó el plan.
La lógica de las real options resulta especialmente útil en situaciones así: cuando una decisión es difícil de revertir y existe incertidumbre, conservar flexibilidad puede tener valor precisamente porque permite responder a información que aparecerá más adelante.
Eso no significa esperar indefinidamente. Esperar también tiene un coste y algunas oportunidades desaparecen.
Pero sí permite distinguir entre dos preguntas: qué necesitan saber ahora para actuar y qué necesitarán poder cambiar después cuando sepan cosas que hoy todavía nadie puede saber.
Quizá no puedan preparar hoy la decisión perfecta para el mundo de mañana. Pueden intentar que la decisión de hoy siga permitiéndoles responder cuando ese mundo aparezca.
Incluso después de enumerar todo aquello que saben que desconocen, seguirá quedando una categoría imposible de completar: aquello que no habían considerado relevante, posible o siquiera imaginable.
La gestión moderna del riesgo distingue precisamente entre intentar anticipar amenazas concretas y construir organizaciones capaces de responder cuando la realidad se aparta de lo previsto. La resiliencia no consiste solamente en disponer de un plan para cada problema imaginable, sino también en conservar capacidad de adaptación cuando aparece uno que el plan no contemplaba.
Eso cambia profundamente la pregunta.
La empresa no puede elaborar una lista completa de acontecimientos inesperados: en cuanto puede enumerarlos, ya han dejado de ser completamente inesperados. Pero sí puede observar qué ocurriría si una parte importante de sus previsiones dejara de cumplirse.
¿Dispone de margen financiero? ¿Puede modificar operaciones? ¿Depende excesivamente de una sola relación? ¿La información circula suficientemente rápido? ¿Quién puede tomar decisiones cuando el procedimiento previsto deja de servir?
No podemos saber cuánto ocupa aquello que no sabemos. Pero podemos decidir cuánto espacio dejamos para que la realidad nos sorprenda.
¿Qué tendría que no ser cierto para que esta decisión dejara de tener sentido?
Cuando aparece una información preocupante, una de las primeras cosas que intentamos comprender es por qué está ocurriendo.
El problema es que una explicación plausible puede convertirse rápidamente en la explicación.
Una caída en las ventas puede atribuirse al precio cuando quizá esté relacionada con distribución, posicionamiento, competencia o cambios en el comportamiento del cliente. Una mala respuesta inicial del mercado puede parecer falta de demanda cuando el problema está en cómo se ha presentado la propuesta. Los mismos hechos pueden ser compatibles con mecanismos diferentes.
La investigación sobre razonamiento causal muestra precisamente que identificar una causa exige algo más que encontrar una explicación coherente: necesitamos considerar explicaciones alternativas y buscar información capaz de distinguir entre ellas.
Antes de modificar el proyecto para responder a aquello que han descubierto, podrían preguntarse qué otras causas producirían una señal parecida y qué evidencia permitiría diferenciarlas.
Una decisión puede resolver perfectamente el problema que hemos identificado y seguir siendo equivocada si aquello que identificamos no era realmente lo que estaba provocando el problema.
Dos hechos pueden aparecer juntos y construir una historia extraordinariamente convincente.
Han cambiado los hábitos de consumo y las ventas han disminuido. Ha entrado un competidor y algunos clientes se han marchado. Una regulación ha cambiado y el mercado ha dejado de crecer.
Puede existir una relación. Pero observar que dos acontecimientos coinciden no permite determinar por sí solo qué relación existe entre ellos, ni siquiera si uno está provocando el otro.
Este problema está en la base de una de las distinciones fundamentales de la investigación científica: correlación no implica causalidad. Pueden existir variables que no estamos observando, causalidad en sentido contrario o simplemente una coincidencia que nuestro cerebro convierte en explicación.
Para la empresa, la cuestión práctica no consiste en desconfiar de cualquier relación, sino en identificar cuáles son suficientemente importantes como para que la decisión dependa de ellas.
Después pueden intentar romperlas deliberadamente: buscar casos en los que aparezca una cosa sin la otra, observar qué explicación alternativa produciría los mismos datos o preguntar qué evidencia demostraría que la relación imaginada no existe.
A veces los hechos son correctos. Lo que necesita volver a mirarse es la historia que hemos construido para unirlos.
Muchas decisiones no son correctas o equivocadas por sí mismas.
Son correctas mientras determinadas condiciones se cumplan.
La expansión puede tener sentido si existe suficiente demanda, si el socio aporta determinadas capacidades, si los costes permanecen dentro de cierto margen, si la regulación permite operar como habían previsto o si la organización puede asumir el esfuerzo sin comprometer otras áreas.
Algunas de esas condiciones estarán explícitas en el plan. Otras pueden haberse convertido silenciosamente en supuestos porque siempre habían sido ciertas.
Una forma de hacer visible esa dependencia consiste en transformar la decisión en una frase condicional:
«Seguiremos adelante siempre que...»
Y completar después la frase tantas veces como sea necesario.
Eso permite hacer algo más útil que decidir una sola vez. Pueden identificar qué condiciones necesitan observar durante el camino y establecer qué cambios justificarían revisar la decisión.
Quizá la pregunta no sea solamente si hoy están tomando la decisión correcta, sino qué tendría que seguir siendo cierto mañana para que continúe siéndolo.
Una decisión puede estar bien razonada y aun así no producir aquello que esperamos.
Porque decidir una acción y conseguir un resultado son cosas diferentes.
Una empresa puede reducir precios esperando aumentar ventas, cambiar de socio esperando ganar control, retrasar una entrada esperando obtener mejor información o invertir más esperando acelerar el crecimiento. Entre cada acción y su resultado existe un sistema de clientes, competidores, personas, incentivos y reacciones que también responderá a lo que hagamos.
El pensamiento sistémico ha insistido especialmente en estas relaciones: una intervención puede producir efectos indirectos, retardados o incluso contrarios a los esperados cuando modifica otras partes del sistema.
Por eso puede resultar útil completar otra frase:
«Si hacemos esto, esperamos que ocurra aquello porque...»
El último porque obliga a hacer visible el mecanismo que conecta la decisión con el resultado. Después pueden preguntarse qué tendría que ocurrir para que esa cadena se rompiera y qué otras consecuencias podría producir la misma acción.
Quizá una buena decisión no dependa solamente de elegir qué hacer, sino de comprender qué estamos suponiendo que ocurrirá después de hacerlo.
¿Qué decisión nos deja más posibilidades abiertas?
Cuando intentamos elegir entre varias opciones, solemos comparar cuál parece ofrecer mejores resultados.
Pero existe otra diferencia que puede ser igualmente importante: qué ocurre si descubrimos después que nos hemos equivocado.
Una decisión reversible permite incorporar nueva información y corregir. Una irreversible convierte parte de la incertidumbre actual en un compromiso que tendremos que asumir también en el futuro.
Esta diferencia aparece en la teoría de real options: cuando existe incertidumbre y una inversión es difícil de revertir, conservar la posibilidad de esperar, modificar o abandonar una decisión puede tener valor económico por sí mismo. No porque la opción elegida sea necesariamente mejor, sino porque mantiene disponible la capacidad de responder a lo que todavía no sabemos.
La empresa podría comparar sus alternativas añadiendo una pregunta que normalmente no aparece en las previsiones de resultados: si dentro de seis meses descubrimos que estábamos equivocados, ¿qué podremos hacer entonces?
Quizá entre dos decisiones razonables exista una diferencia que hoy apenas vemos: una de ellas todavía nos permitirá tomar otra decisión mañana.
Una decisión puede parecer binaria —entrar o no entrar— aunque aquello que implica pueda dividirse en muchos compromisos diferentes.
La lógica de las inversiones escalonadas permite separar esos momentos. En lugar de comprometer desde el principio todos los recursos necesarios para ejecutar el proyecto completo, una empresa puede avanzar por etapas y hacer depender cada nuevo compromiso de aquello que haya ocurrido antes.
Eso puede significar empezar con una zona geográfica, una línea de producto, determinados clientes, una alianza temporal o una estructura limitada antes de realizar inversiones más difíciles de revertir.
No se trata simplemente de «empezar pequeño». La diferencia está en diseñar de antemano qué información o resultados justificarán pasar de una etapa a la siguiente.
Así, la empresa no necesita decidir hoy todo aquello que quizá tendrá que hacer dentro de dos años.
Quizá puedan tomar la decisión de avanzar sin tomar todavía todas las decisiones que avanzar acabará exigiendo.
Mantener una opción abierta tiene todavía más valor cuando el tiempo antes de cerrarla puede producir información.
En la teoría de real options, la incertidumbre no es únicamente un problema que debemos soportar. También puede existir valor en posponer determinados compromisos mientras observamos cómo evoluciona una situación y obtenemos información que permitirá decidir mejor después.
La empresa puede preguntarse qué incertidumbres importantes podrían reducirse antes de alcanzar un punto difícil de revertir.
Una primera operación puede mostrar cómo responden los clientes. Una colaboración puede revelar cómo funciona realmente el socio. Una fase limitada puede hacer visibles costes que el modelo sólo podía estimar. La experiencia puede transformar una hipótesis en información antes de que toda la estructura dependa de ella.
Eso cambia la secuencia: primero no necesitan demostrar que el proyecto funcionará, sino identificar qué necesitan aprender mientras todavía pueden actuar de otra manera.
Antes de cruzar un punto de no retorno, quizá la pregunta más importante sea qué podrían descubrir si permanecieran un poco más de tiempo en el lugar desde el que todavía pueden elegir.
Pensar en abandonar un proyecto antes de empezarlo puede parecer una forma extraña de comprometerse con él.
Pero decidir cuándo parar resulta mucho más difícil una vez que ya hemos invertido tiempo, dinero, reputación y esfuerzo.
La investigación sobre escalation of commitment ha mostrado cómo las personas y las organizaciones pueden continuar destinando recursos a una decisión anterior incluso cuando reciben información negativa. Cuanto más forma parte el proyecto de nuestra historia, más difícil puede resultar evaluarlo como si tuviéramos que elegirlo de nuevo.
Por eso una posibilidad consiste en definir algunas condiciones de salida antes de necesitarlas.
Si después de determinado tiempo no aparece cierta demanda, revisamos. Si el coste supera un límite, reconsideramos. Si una condición esencial deja de cumplirse, volvemos a decidir. Esos criterios no tienen por qué provocar automáticamente el abandono; pueden obligar simplemente a detener la inercia y volver a mirar.
La salida deja así de depender exclusivamente del estado emocional, las presiones o los compromisos acumulados en ese momento.
Quizá la mejor forma de evitar quedar atrapados en una decisión no sea saber con certeza cuándo entrar, sino haber pensado también, mientras todavía somos libres para hacerlo, qué nos haría salir.
Conclusiones
Una situación. Muchas posibilidades.
La empresa empezó con una situación aparentemente clara: después de dieciocho meses preparando su entrada en un nuevo mercado, ha aparecido una información que podría cambiarlo todo.
La situación no ha cambiado durante este recorrido. El mercado sigue siendo el mismo, el trabajo realizado sigue estando ahí y la decisión continúa siendo suya.
Lo que ha cambiado es todo lo que ahora pueden ver antes de tomarla.
Han observado la amenaza, el rumbo, el barco y el mapa. Han mirado desde el mercado, el socio local, los empleados y la competencia. Han explorado qué podrían hacer y, finalmente, qué podrían estar pasando por alto incluso cuando una decisión parece evidente.
Cada perspectiva ha abierto nuevas preguntas. Y cada pregunta ha permitido encontrar posibilidades, contrastarlas con conocimiento existente y descubrir otras formas de interpretar, comprobar o afrontar la situación.
No significa que todas sean útiles. Tampoco que exista una respuesta correcta escondida entre ellas.
Significa algo mucho más sencillo:
ahora pueden decidir viendo más de aquello que antes no podían ver.
Esta exploración no parte de cero
Las perspectivas y posibilidades de este E-Shift han sido generadas explorando la situación desde distintos lugares y contrastadas con conocimiento e investigación existentes sobre estrategia, toma de decisiones y comportamiento organizativo.
En este caso hemos consultado, entre otras, investigaciones publicadas en Harvard Business Review y revistas académicas especializadas, junto con trabajos sobre internacionalización, experimentación empresarial, gestión del riesgo, reframing, sesgos en la toma de decisiones, real options y aprendizaje organizativo.
También hemos recurrido a marcos y referencias de ISO sobre gestión del riesgo y a investigaciones académicas sobre sunk costs, escalada del compromiso, seguridad psicológica, causalidad y resiliencia organizativa.
No para encontrar una respuesta correcta, sino para ampliar —y contrastar— las perspectivas desde las que observar la situación.
Fuentes:
Reframing · Confirmatory information seeking · Jobs to be Done · Elements of Value · Adopción de innovaciones · Psychological safety · Employee voice · Competitive dynamics · Experimentación empresarial · Real options · Internacionalización · Entry modes · Resource acquisition · Premortem · Risk management · Sunk costs · Escalation of commitment · Value of information · Knightian uncertainty · Organizational resilience · Causal inference · Systems thinking

Prueba con tu propia historia
Haz un Shift
Un Shift no comienza con una respuesta.
Empieza con algo que quieres mirar desde otra perspectiva.
Puede ser una decisión, una conversación, un problema que se repite, una idea que no acaba de encajar o simplemente algo que quieres comprender mejor.
Cuéntanos qué quieres mirar.
Durante un tiempo limitado, estamos invitando a algunas personas a ser de las primeras en probar una experiencia completa de Shift Thinking.
